El trabajo es donde el patrón se ve más claro, porque no lo elegiste tú: te tocan el jefe, los compañeros y las reglas. Y ahí reaparece, intacto, el papel que aprendiste en casa.
Las cuatro escenas que más se repiten
Un jefe que te encoge
Entras a su despacho y se te seca la boca. Preparas tres veces una frase que dirías sin pensar a cualquier otro. Si con esa persona vuelves a ser pequeño, lo que se ha activado no es tu criterio profesional: es una figura de autoridad anterior.
El compañero con el que repites la pelea de tu hermano
Hay alguien en la oficina que te saca de tus casillas más de lo que el hecho justifica. Suele ser competencia por el reconocimiento, la misma que ya hubo en casa por la atención de tus padres.
No saber poner límites
Dices sí y por dentro dices no. Te llevas trabajo a casa para que nadie se enfade. Si de niño la manera de estar a salvo era no molestar, decir no de adulto se siente como un riesgo real, no como una opción.
No sentirte valorado
Haces el trabajo, lo haces bien y esperas que alguien lo note. No lo nombras, porque pedir reconocimiento te parece de mal gusto. Y cuando no llega, confirmas la vieja conclusión: no soy suficiente.
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Aquí irán apareciendo las piezas sobre cada escena concreta.
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