La inseguridad laboral tiene una forma muy reconocible: repasas tres veces un correo de dos líneas, tu jefe convoca una reunión sin poner asunto y ya has imaginado el despido, y cuando alguien te felicita piensas que todavía no se han dado cuenta. Llevas años haciéndolo bien y sigues esperando que te descubran.
Hay dos inseguridades laborales, y no se tratan igual
La primera es real y externa: tu contrato acaba en tres meses, la empresa ha anunciado un ajuste, tu departamento se ha quedado a la mitad. Ahí el miedo está informando bien. Lo que toca es actuar: mirar números, actualizar el currículum, hablar con gente del sector, calcular cuánto colchón tienes.
La segunda es una lectura. Objetivamente tu puesto está igual de firme que el de tu compañero de al lado, pero tú vives en alerta y él no. La diferencia no está en el contrato: está en lo que cada uno hace con la incertidumbre.
Distinguirlas es el primer trabajo, y hay una prueba sencilla. Escribe en una columna los hechos de los últimos seis meses (qué te han dicho por escrito, qué evaluaciones has tenido, si te han dado o quitado responsabilidades) y en otra lo que tú concluyes. Si la segunda columna es mucho más larga y mucho más grave que la primera, lo que tienes no es información: es un patrón trabajando.
Por qué la seguridad no llega con los logros
Lo que desconcierta a casi todo el que llega con esto es que ha probado la vía obvia —hacerlo mejor— y no ha funcionado. Un ascenso calma dos semanas. Un proyecto bien cerrado calma dos días. Y vuelve.
No funciona porque el mecanismo no busca pruebas de que eres competente: busca pruebas de que estás a salvo, y esas dos cosas se aprendieron por separado. Si de niño el afecto, la atención o la paz en casa dependían de tu rendimiento, aprendiste una regla muy eficaz: mientras rindas, no te pasa nada. La regla protegía. El problema es que no tiene punto de llegada, porque siempre hay un examen más.
De ahí que la inseguridad en el trabajo se parezca tanto a algo antiguo: la sensación de que te van a retirar algo si bajas el ritmo no es una idea sobre tu empresa, es un recuerdo funcionando en presente.
Tres cosas que puedes hacer esta semana
- Pide criterios por escrito. Una frase en la siguiente reunión: «¿Qué tendría que verse en mi trabajo dentro de seis meses para que lo consideres bien hecho?». La inseguridad se alimenta de vacíos; llenar uno con datos reales quita más miedo que cien horas extra.
- Ponle un límite al repaso. Los correos se revisan una vez. Si vas a revisarlo dos, revisa una y envíalo. Vas a sentir incomodidad y no va a pasar nada: eso es exactamente la información que necesitas.
- Apunta los hechos. Una nota en el móvil donde entren solo cosas que alguien dijo o escribió, sin tus interpretaciones. En tres semanas tendrás algo con lo que discutirle a tu cabeza cuando te diga que estás a punto de caer.
Cuándo esto se queda corto
Si el miedo al trabajo te quita el sueño de forma sostenida, te provoca ataques de ansiedad, te está haciendo dejar de comer o te ha metido en un bajón del que no sales, lo que necesitas no es este texto ni una sesión de acompañamiento: necesitas un profesional sanitario. Empieza por tu médico de familia, que es la puerta más rápida, y si hay un servicio de prevención en tu empresa, úsalo.
El acompañamiento emocional es un proceso de desarrollo personal. No es psicoterapia, no sustituye a la atención psicológica o médica y no se ofrece atención clínica.
Si lo que te pasa es lo de la segunda columna —que los hechos no dan para tanto miedo—, ahí sí se puede trabajar. Y el sitio por donde se empieza no es tu currículum, sino la escena concreta en la que se te activa. Si quieres ver cómo encaja esto con otras áreas, lo he contado en patrones en el trabajo.
¿Reconoces la escena?
Si esto que has leído te suena a tu semana, en una sesión de una hora miramos tu caso concreto: qué se activa, de dónde viene y qué vas a hacer distinto el lunes.