Soy Iván Diego Hevia

No llegué a esto por vocación ni por un máster. Llegué porque durante años repetí las mismas decisiones sin entender por qué, hasta que entendí de dónde venían.

El portal

Tengo diez años. Vuelvo del colegio, toco el timbre y no contesta nadie. Mi madre está trabajando y mi padre está en el bar. Me siento en el portal, con la mochila al lado, a esperar a que llegue alguien.

Esa imagen resume bastante bien mi infancia. Mi padre tenía problemas con el alcohol y, cuando llegaba a casa, muchas veces había gritos y broncas. Mi madre aguantaba aquello por miedo al conflicto y por miedo a quedarse sola. Con doce o trece años yo ya había aprendido que no podía rechistar ni dar mi opinión: era como si todo lo que dijera o hiciera estuviese mal.

A los quince prefería pasar el día en la calle antes que estar en casa, porque sabía lo que me iba a encontrar. Busqué fuera el apoyo que no tenía dentro: los amigos, y también las drogas. Fumaba porros para no sentir. Durante años viví así, nublando la cabeza y volviendo después a un sitio donde me sentía atacado todo el tiempo. Llegué a pensar que mi padre, simplemente, no me quería.

Lo que se vino conmigo cuando me fui

A los veinte me fui de casa y cambié de ciudad. Encontré trabajo enseguida de camarero en un hotel y allí estuve muchos años. Pensaba que cambiando de sitio cambiaba la historia.

Iván Diego Hevia con poco más de veinte años, en la época en la que se fue de casa
Con veintipocos, recién llegado a otra ciudad. Por fuera parecía que había cambiado de vida; por dentro me llevé las tres cosas de aquí abajo.

No fue así. No haber tenido un referente sano me había dejado tres cosas, y las tres se vinieron conmigo:

  • Inseguridad. La sensación permanente de estar a punto de hacerlo mal.
  • Desvalorización. Dar por hecho que lo que yo pensaba valía menos que lo que pensaban los demás.
  • La necesidad de demostrar. En el trabajo daba el doscientos por cien, buscando en mis jefes el reconocimiento que no había tenido de niño.

Y en las relaciones de pareja aguantaba cosas que hoy no toleraría ni un día. No por amor: por miedo a quedarme solo. El mismo miedo que había visto en casa, repetido por mí treinta años después.

Si estás leyendo esto y algo te ha sonado —el jefe al que le pides una aprobación que nunca llega, la pareja con la que repites una discusión que ya conoces, la familia en la que vuelves a ser el de siempre—, eso es exactamente de lo que hablo. No es carácter. Es un patrón, y los patrones se aprenden. Por eso se pueden desaprender.

El día que dejé de repetirlo

Me vi solo, separado y con una hija de tres años. Fue ahí cuando decidí mirar mi historia en vez de seguir esquivándola.

Por esa misma época mi padre enfermó gravemente. Estuvo más de cincuenta días sedado en el hospital. Cuando los médicos nos dijeron que ya no había nada que hacer y que iban a retirarle las máquinas, me acerqué, le puse la mano en la frente y le dije que le quería mucho, que le perdonaba por todo lo que había pasado y que yo también necesitaba que él me perdonara a mí.

Entonces movió la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Con aquella sedación casi no podía moverse. Para mí, ese esfuerzo fue su forma de decirme que me había escuchado.

Aquello marcó un antes y un después. No porque se arreglara nada de golpe, sino porque entendí dos cosas a la vez: que no quería que su vida se repitiera, y que si no hacía algo, la que iba a repetirla era la mía.

Lo que cambió cuando entendí de dónde venía

Empecé un proceso de autoindagación y de formación. No fue rápido ni ordenado, y no hubo ningún momento de revelación. Lo que hubo fue algo mucho menos vistoso y mucho más útil: reconocer mi desvalorización, ver cómo me había cerrado después, y empezar a decidir distinto en las situaciones concretas donde siempre decidía igual.

El primer cambio real fue este: llegué a sentirme bien estando simplemente conmigo y con mi hija. Sin buscar a nadie que rellenara el hueco. Y fue justo entonces cuando apareció mi pareja actual.

Para entonces yo ya había decidido tres cosas: que no iba a tolerar ni una falta de respeto más, que si no estaba bien en una relación no la iba a sostener, y que no iba a volver a fallarme a mí mismo por agradar a otro. Esa decisión, tomada antes de conocerla, es la que hizo posible la relación que tenemos hoy: respeto, decisiones compartidas, apoyo y libertad.

Cuento esto último a propósito, porque es la parte que más se confunde. No cambió mi vida porque apareciera la persona adecuada. Apareció la persona adecuada porque antes cambié lo que estaba dispuesto a aceptar.

Por qué acompaño a otras personas

Durante mucho tiempo me pregunté si había algo más que pudiera aportar. Después de todo ese camino y de la formación que hice, empezó a aparecer con bastante claridad: acompañar a otras personas a entender sus experiencias difíciles, a mirar el origen emocional de lo que hoy les pasa y a tomar decisiones distintas desde la consciencia.

Lo hago porque conozco el mecanismo por dentro. Cuando entendí de dónde venían mis patrones, dejé de repetir muchas de las decisiones que habían marcado veinte años de mi vida. No desaparecieron: dejaron de decidir por mí.

Hoy trabajo con gente que siente que su historia pesa más de lo que querría. Gente que ya ha entendido bastante y que sin embargo se sigue viendo haciendo lo mismo. Empezamos por una escena concreta —una reunión, una discusión, una comida familiar— y miramos qué se activó ahí, de dónde viene y qué hace falta para responder distinto la próxima vez.

Por eso a este recorrido lo llamo Cruzar el Portal. El niño que esperaba sentado en el portal no podía hacer otra cosa que esperar. El adulto sí puede cruzarlo.

Lo que hago y lo que no

Me formé en bioneuroemoción: dos diplomados de la Universidad Iberoamericana Torreón, 1.410 horas entre 2023 y 2025. Lo digo con la misma claridad con la que digo lo siguiente: no es una titulación sanitaria y no la uso como tal. No diagnostico, no trato enfermedades y no sustituyo a un psicólogo ni a un médico.

Lo que hago es acompañar. Si lo que traes necesita diagnóstico o tratamiento, te lo digo en la primera sesión y te oriento para que lo busques donde corresponde. Prefiero perder una sesión que sostener un acompañamiento que no te va a servir.

Hay quien me busca como coach emocional, y no me importa el nombre mientras se entienda la diferencia: no te marco objetivos desde fuera, te acompaño a entender de dónde vienen los que ya tienes.

Tampoco vendo transformaciones en X semanas. Lo que hago es mirar contigo el mecanismo, y darte algo concreto que puedas probar antes de la siguiente sesión.

Si has llegado hasta aquí abajo

Probablemente no ha sido por curiosidad. La primera sesión es una conversación de una hora sobre tu escena concreta, y de ahí sales con algo que puedes probar esta semana.